Amarre al viento
En Cadaqués el viento tiene nombre propio. Baja del norte con la autoridad de lo que no se anuncia, dobla los pinos, vacía las calles y llena las casas, y deja a la gente un poco más suelta de lo que era. Dicen que la tramontana vuelve loco a quien la vive. Los de allí saben que solo devuelve a cada uno su forma.
Los pueblos de costa están llenos de personajes. Nadie les pidió que lo fueran: el aire los fue tallando, año tras año, hasta dejarlos inclinados y enteros, a favor del viento.
El ancla busca el fondo para no moverse. El amarre es otra cosa: un pacto. Como un lazo anudado en la cadera, necesita dos extremos que quieran sostenerse. Basta con que uno ceda para que se deshaga; si los dos deciden quedarse, aguanta cualquier tormenta, como el viento, que la atraviesa sin dejar de ser viento. Un nudo hecho con las manos, que se ajusta al cuerpo y no a una medida, y sujeta lo justo para dejar que todo lo demás se mueva.
Amarre al viento es una forma de vestir y también una forma de estar: elegir atarse a algo y seguir siendo libre. Amarrarse a lo que nunca se queda quieto, ser fiel a lo que te diferencia, no temer a las palabras, porque ya sabemos adónde se las lleva el viento.
El viento se lleva lo que sobra.
A quien se amarra a él, lo deja libre.